lunes, 8 de marzo de 2010

Calendario chino. Primera danza.

Nos vimos por primera vez en la calle. Entre sorpresas y humedad, un largo camino mojado hacia su casa, delicia del destino. Miradas sedientas, un coqueteo incesante nos llevo a leernos la mente, frases encajadas en montañas solitarias. Un imagen de dos cuerpos sedientos nublo mi cabeza  (un rayo de luna por la ventana, una estrella fugaz: un parpadeo) advertí que mi boca estaba acostumbrada a otra, labios diferentes,  otra respiración, diferente presión sin duda una muy diferente a la que estaba enfrente de mí. En un ir y venir de emociones la tenia de frente, estaba sumergido  en sus ojos, enredado en las lianas de su cabello. Inteligente no me dejo escapar, mi cobardía me pudo haber  llevado a saltar por la borda, desertar de tan interesante noche, piernas revueltas.

Más poderosa fue la fuerza de ese cuerpo y esas miradas, algo que escondía tras esas ventanas oscuras y brillantes, me sentí preso de sus besos, me pare con ella a mi lado y nos fuimos caminando sin dejar de besarnos, la fuerza de mis brazos me hizo cargarla, sus piernas cruzadas en mi espalda, una sensación que subía por la columna y repuntaba en espasmos por todo mi cuello , deliciosa serpiente ondulada (un parpadeo).  Conforme avanzábamos más nos uníamos, mi pecho en su pecho, me inundaba su aroma, emborrachado de ella abrí la puerta de su cuarto.

Entramos paso a paso hacia su cama me detuve varias veces, contemplarla en la oscuridad, una diferencia grande, invalido de mis ojos, mis manos fueron descubriendo su belleza, mi boca seca se refrescaba en sus labios, era desquiciante.

Cerramos la puerta como pudimos, tal vez con la ayuda de su mente o una patada absurda mía. Comenzó una danza, un tipo de cacería donde reconocer al cazador era tarea difícil, la presencia de la presa era aun más complicado, el tigre. Un dragón rondaba por la nube que sujetaba a ambos.

Entre densas imágenes oscuras, un choque de cuerpos, su cabeza contra mi cabeza, el movimiento más torpe que tuve esa noche. No estábamos para pláticas y paso rápido. Fui hacia ella, con movimientos sigilosos, me replegué a su cuerpo, en ese planeta que tiene como cama. Tenía que ser un sueño, la observe con mis manos y ella hacía lo mismo con las suyas. Cada quien se hundió en sus pensamientos.

La diosa negra nos protegía, me acerque aun más a ella, controlando mis deseos de devorarla entre mordidas, el tigre y el dragón como un cuento chino del otro lado del hemisferio. De un rasguño lastimo mis ojos, te los regalo le dije, me contesto con un silencio sorprendente, ¿Qué es eso? Pensé, una voz en mi cabeza me contesto ¿Qué es qué?, de respuesta otro silencio.

Con suavidad dimos vuelta, uno encima de otro, nos concentramos en besarnos, comernos, el dragón encima del tigre y el tigre encima del dragón, nos pertenecíamos. La bese por el cuello, el desprendimiento de quejidos se hizo presente, cada quien se fue a sus extremos, tal vez su mente estaba en nubes de colores, cielos quemándose en algún valle, por mi parte estaba agradecido de que su boca se volviese a encontrar con mi boca. Mis manos insaciables de acariciar y reconocer ese cuerpo tan extraño que no era al que yo estaba acostumbrado.

Algo hacia efervescencia entre mi pecho, mi estomago y bajaba hacia mi entrepierna, la danza continuaba, rasguños. Nuestros cuerpos herméticamente unidos se movían suavecito, olas perezosas y continuas, la marea subía y bajaba, nuestras caderas hacían movimientos simulando un océano donde las olas crecían hasta llegar a los diez alientos y bajaban cerca de los dos suspiros.

Nos besábamos con vigor, a veces hasta con fuerza, como cuando el tigre hambriento después de días sin comer o como el dragón sediento, una sensación inexplicable.

No logre resistir mas y esa llama incesante dio un ultimo estirón, como si alguien agregara de golpe tanto oxigeno al fuego que creara una montaña roja, una montaña que crecía dentro de mí en un instante donde todo se congelaba, un calor sofocante, en cada parte de mi cuerpo se deslizaba una sensación que la oscuridad apretaba, me apretaba más hacia ella.

Abrí los ojos de nuevo pensé que había desaparecido, desperté de un corto o largo sueño, quien sabe cuánto tiempo, entre sudor y gritos mudos, me recosté a su lado, con el calor de su cuerpo aun abrazándome.

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